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Los monjes que se envenenaban durante 1.000 días para convertirse en Buda

15/09/17 | +Asia

Como sucede en todas las culturas y religiones, algunas de sus ramas son más extremistas que otras, y esto sucede también en el budismo. En Japón existieron algunas prácticas religiosas que, sin duda, sorprenderán a quienes no conozcan mucha historia sobre este país que tanto nos gusta. Una de las prácticas más curiosas del budismo es el shugendō (修験道), originada en el Japón pre-feudal, que consistía en llegar a la iluminación meditando y estando en armonía con la naturaleza y todo el entorno. Era práctica común entre los monjes que practicaban el shugendō el ascetismo, es decir, la práctica de vivir en las montañas apartados de lo cotidiano y en contacto con la naturaleza.

Entre los que practicaban el shugendō (修験道), los monjes budistas sokushinbutsu (即身仏) fueron los más conocidos y los más radicales en estas creencias. Con origen en las famosas Tres montañas de Dewa o Dewa Sanzan (出羽三山), confirmadas por el Monte Haguro, el Monte Gassan y el Monte Yudono, se realizaba una práctica sorprendente por monjes budistas: la auto-momificación en vida. Debemos recordar que pocos lugares existen en Japón más importantes para el origen de su religión que las Tres montañas de Dewa.

Es en este lugar en donde los monjes sokushinbutsu practicaban un extraño ritual para lograr la armonía completa con la naturaleza y por lo tanto la iluminación, a fin de salvar el mundo y a todos los que habitamos en el. Estos monjes se provocaban la muerte de forma muy lenta, algo que por supuesto ahora está prohibido y ya no se realiza por ningún grupo de monjes budistas. Se dice que durante siglos cientos de monjes que seguían estas creencias se provocaron la muerte y la auto-momificación, pero actualmente sólo se han descubierto alrededor de una veintena de momias. Y es que no siempre la técnica salía bien.

Monje momificado - Per Meistrup/Wikipedia
Monje momificado – Per Meistrup/Wikipedia

Los sokushinbutsu se provocaban la muerte y la momificación, sin recibir ayuda. Ellos decidían practicarla y morir, y hacían todo lo posible para que la técnica resultará ciertamente exitosa. Esta consistía en someterse a un estricto régimen de entrenamiento físico, mental y en forma de dieta durante 1.000 días. Se alimentaban únicamente de frutos secos y semillas de plantas, con el objetivo de eliminar cualquier gramo de grasa de su cuerpo. Esto ayudaría a la momificación. Por supuesto, en todos estos procesos realizaban meditaciones constantes y extremas.

Tras este proceso, se entraba en una segunda fase de otros 1.000 días. En esta ocasión añadían a su dieta té venenoso, elaborado a partir del árbol urushi. Este veneno les provocaba el vómito a diario, lo que eliminaba gran cantidad de fluidos de su cuerpo. Además, si el proceso se realizaba de forma correcta, el veneno evitaba que los gusanos corrompieran el cuerpo una vez fallecido. Pero estos dos procesos no eran la parte más terrible que realizaban los monjes sokushinbutsu…

Tras estos 2.000 días de dieta extrema, meditación y envenenamiento, morían de hambre y meditando. El monje se introducía en un tumba un poco más grande que su cuerpo, en forma de cubo, y se colocaba en posición de loto para meditar. Entonaba cantos hasta su muerte encerrado, con la única ayuda de una caña para respirar y una campana. La campana debía tocarse todos los días y, cuando dejaba de sonar, los monjes sabían que su compañero había fallecido. A partir de este punto, se sellaba la cámara y se volvía a esperar un periodo de 1.000 días.

Tras estos 1.000 días, los monjes abrían la tumba para comprobar si el cadáver había logrado una momificación correcta. En caso de que no fuera así, era enterrado con todos los honores del resto de monjes. Si conseguía su momificación, significaba que había alcanzado el estado de iluminación, convirtiéndose automáticamente en Budas. Estas momias eran entonces trasladadas a algún templo budista.

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