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Jumonji giri, el terrible castigo japonés más cruel que el harakiri

12/04/17 | +Asia

Cuando se habla de los suicidios japoneses, habitualmente se hace una mención a su violenta historia, en donde los suicidios han formado parte habitual de la sociedad nipona, especialmente entre los altos cargos. El honor pesaba en algunas épocas por encima de la propia vida, y no son pocos los dirigentes y militares –o samuráis– que se han quitado la vida por fallar en sus objetivos o por traicionar sus principios. La forma tradicional habitual para este autocastigo impuesto es el harakiri (腹切り) o el seppuku (切腹), siendo ya muy conocida su dinámica. La hemos podido ver en películas y otras obras, pero os la explicaremos, pues es más técnica de lo que parece.

Primera lección del harakiri es que no se puede hacer sólo, siempre tienen que ser dos personas: la que se va a suicidar y el que lo va ayudar. Cuando un hombre o una mujer decidía hacerse el harakiri -sí, aunque no se cuente, las mujeres también lo practicaban-, siempre estaba acompañado de una persona que cortaría de golpe su sufrimiento. De hecho, esta segunda persona debía ser un experto con la katana, pues debía cortar sus cabezas de un solo golpe certero. Hacer esto no es tan fácil como se podría imaginar, y por ello el asistente debía de ser un experto en el arte de la espada.

Cuando se trataba de un dirigente, muchos de sus más fieles consejeros o ayudantes, practicaban seguidamente su propio harakiri. Esta costumbre de seguir al líder en el suicidio se conocía como oibara (追い腹).

Harakiri

El harakiri era una de las normas principales del bushidō, el código ético por el que se regían los samuráis. Este ritual comenzaba generalmente con el sake, ya que el autor bebía para, probablemente, soportar la situación. También era habitual que el suicida escribiese un poema previo, despidiéndose de este mundo, generalmente en el abanico de guerra. Acto seguido la persona que iba a practicar el harakiri -que habitualmente tenía bastante público- se arrodillaba en la posición conocida como seiza y se abría el kimono. Con un tantō (daga con el aspecto de una katana pequeña) envuelto en hojas de papel de arroz -para no mancharse con la sangre y no deshonrarse- se apuñalaba en el abdomen.

La forma de clavar la daga no era casual. Generalmente se comenzaba por el lado opuesto a la mano dominante de la espada. Un diestro se apuñalaba en la parte izquierda del estómago, con el filo en dirección al centro de la barriga. Cortaba el estómago hasta el lado derecho y, para asegurarse de que su entrañas se desparramasen, volvía al centro y hacía un corte vertical hasta prácticamente el esternón. Se trataba de un acto muy doloroso y, en muchos casos, incluso molesto para los que contemplaban la escena. Los ayudantes o kaishaku, cortaban entonces el cuello advertidos por una señal del practicante del harakiri. Era habitual que en estos ritos el corte del cuello se produjera incluso antes de clavarse la daga; muchos medían el valor del samurái conforme hasta dónde eran capaces de llegar en su harakiri. Los que hacían el corte vertical se consideraban los más valientes.

Jumonji giri, la versión más cruel del harakiri

Harakiri

Cuando los suicidas se practicaban el jumonji giri, siempre llegaban hasta el final del harakiri. Es muy sencilla la explicación: el jumonji giri es la versión macabra del harakiri -por si la original no fuera lo suficientemente terrible-. Se sigue exactamente el mismo proceso que en el harakiri, con la salvedad de que en esta ocasión no existe la figura del kaishaku o ayudante, y por lo tanto no hay decapitación. Las personas que lo practicaban se cortaban tanto horizontal como verticalmente, y esperaban en su sitio a la muerte, sufriendo y experimentando un terrible dolor.

Hay varios documentos históricos que hablan de esta práctica, y no todos de épocas antiguas. Hay que aclarar que el jumonji giri o el harakiri era una forma noble de morir, y desde luego mucho más respetable que ser capturado por el enemigo o ser ejecutado por el enemigo. Por ello, al rendirse el Imperio de Japón en la Segunda Guerra Mundial, no fueron pocos los dirigentes de los ejércitos que se hicieron el harakiri. El almirante Takijiro Onishi optó por el jumonji giri tras la rendición de Japón, en una ceremonia en la que tardó 15 horas en fallecer. Su vergüenza era aún mayor, al haber mandado a muchos hombres a una muerte segura y en algunos casos obligatoria: se le considera el creador de los kamikaze.

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